
¿Buscas a Jesús? “…y la gente lo buscaba.” Evangelio de Lucas 4:42.
Es interesante observar en los Evangelios la gran cantidad de citas en que la gente buscaba al Señor. Su fama ya se había propagado en todas las regiones. Salían a su encuentro y cada uno de ellos venía a El impulsado por sus propias necesidades. Es muy probable que no todos le buscaran por la misma razón.
Desde el año 1987, la Iglesia Bautista Bíblica de Villa Rosa existe para aquellas personas que en verdad
buscan a Jesús.
"Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo… lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." Gálatas 2:20
Nos encontramos en la cruz donde murió Jesús: yo llevé mis pecados conmigo, y Dios, que es justo y santo, estaba allí para castigarlos. Jesús se acercó a mí y cargó con mis pecados. Luego se acercó a Dios y sufrió el castigo que yo merecía. ¡Fue condenado en mi lugar, y por su muerte soy salvo! La cruz me reconcilia con Dios.
La cruz también se interpone entre el cristiano y el mundo que rechaza a Dios. Cerca de Jesús puedo aceptar el desprecio de ese mundo. El mundo que parece tan atractivo, lo veo tal como se mostró cuando crucificó al Señor. Su lenguaje no ha cambiado: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). “¡Fuera, fuera, crucifícale!” (Juan 19:15). Sigue siendo lo que siempre ha sido, es decir, un enemigo de Dios. Si espero que el mundo me apruebe, no he comprendido realmente el sentido de mi vida cristiana.
Así que la cruz de Jesús tiene este doble efecto: me reconcilia con Dios y me separa de un mundo que quiere prescindir de él.
“Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14).
“La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1:18).
“El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17).
Todos estamos infectados por el pecado (Romanos 3:23). Nacemos con el pecado (Salmo 51:5), y personalmente escogemos pecar (Eclesiastés 7:20; 1 Juan 1:8). El pecado es lo que nos hace ser “no salvos”. El pecado es lo que nos separa de Dios. El pecado es lo que nos tiene en el camino a la destrucción eterna.
A causa de nuestro pecado, todos merecemos la muerte (Romanos 6:23). Mientras la consecuencia física del pecado es la muerte física, esta no es la única clase de muerte que resulta del pecado. Todo pecado es en última instancia un pecado contra un Dios eterno e infinito (Salmo 51:4). A causa de esto, la pena justa por nuestro pecado también es eterna e infinita. De lo que tenemos ser salvos es la destrucción eterna (Mateo 25:46; Apocalipsis 20:15).
Como la pena justa por el pecado es infinita y eterna, sólo Dios podría pagar la pena, porque sólo Él es infinito y eterno. Pero Dios, en Su naturaleza divina, no podía morir. Entonces Dios se hizo hombre en la persona de Jesucristo. Dios se encarnó, vivió entre nosotros, y nos enseñó. Cuando la gente los rechazó a Él y Su mensaje, y procuró matarlo, Él de buena voluntad se sacrificó por nosotros, permitiéndose ser crucificado (Juan 10:15). Como Jesucristo era humano, Él podía morir; y ya que Jesucristo era Dios, Su muerte tenía un valor eterno e infinito. La muerte de Jesús en la cruz fue el pago perfecto y completo por nuestro pecado (1 Juan 2:2). Él tomó las consecuencias que merecíamos. La resurrección de Jesús de entre los muertos demostró que Su muerte en efecto fue el sacrificio absolutamente suficiente por el pecado.
"Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo" (Hechos 16:31). Dios ya ha hecho toda la obra. Todo lo que debes hacer es recibir por fe la salvación que Dios te ofrece (Efesios 2:8-9). Confía plenamente solo en Jesús como el pago por tus pecados. Cree en Él, y no perecerás (Juan 3:16). Dios te está ofreciendo la salvación como regalo. Todo lo que tienes que hacer es aceptarla. Jesús es el único camino de la salvación (Juan 14:6).