El Derrumbe de Elías

¿Qué haces aquí, Elías?

En las etapas iniciales de la caminata de Elías al sur, el Señor no nos da una ventana muy grande para ver lo que hay en su mente. Como muchos de los eventos en su vida, este empieza der epente y con poca explicación. En pocas palabras, recibe una amenaza de Jezabel y sale corriendo fuera del valle norteño de Meguido.

Para cuando dejó de correr, estaba al otro extremo del país, aunque sí que hizo algunas paradas por el camino.

 

Primero, cuando llegó a la ciudad sureña de Beerseba, se deshizo de su siervo. No sabemos más de sus pensamientos hasta después de haber andado solo por un día entero dentro del desierto y haberse sentado bajo un árbol rugoso y como una escoba. Ahí, presumiblemente exhausto, expresó su frustración.

“He sido un miserable fracaso”, le dijo a Dios, “tal como los que han ido delante de mí”.

En seguida, se quedó dormido hasta que fue despertado por un ángel que le dio agua y una clase de tarta extraordinaria. Con este alimento recibió fuerzas suficientes para andar nada menos que 40 días, hasta el monte Horeb, donde sea que fuera.

Otra vez se quedó dormido, esta vez en una cueva. Y cuando se despertó, escuchó la pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?”

Y luego más pensamientos suyos salen a la superficie.

“Te he servido fielmente y todo para nada. No solo eso, sino que soy el último profeta y nuestros enemigos ahora están intentando matarme a mí también”.

En este punto, cualquiera leyendo la historia por primera vez estaría conmocionado.

¿Qué le habrá sucedido a Elías?

¿Dónde estaba el gran hombre de fe, tan fuerte y valiente?  ¿Qué había pasado con aquel que daba la sensación de que podía atacar las puertas ardientes del mal con una pistola de agua? Nunca antes había demostrado tal debilidad, por lo menos en las páginas de la Escritura.

Pero ay, la verdad tenía que salir tarde o temprano. Él también guardaba pasiones egoístas y pecaminosas, y una tendencia de ser gobernado por ellas, como todo ser humano.

Al recorrer las escenas de su vida, podemos sacar algunas conclusiones en cuanto a su actitud tan resentida. Y nosotros, por prestar atención y aplicando lo que aprendemos, podemos nosotros evitar esta fase en particular de su vida.

Parece que Elías había evocado algunas expectaciones considerablemente grandes, que le tendieron una trampa para una caída espiritual que resultaría desagradable y dolorosa. Notemos algunas de ellas, y cuán fácil nosotros podríamos haber llegado a las exactas mismas conclusiones, si hubiéramos estado en sus sandalias.

Obviamente, pensaba que la victoria en el monte Carmelo sería el punto de inflexión definitivo para Israel. Se equivocó. Aparentemente esperaba que la oposición se desvaneciera. Otra vez se equivocó. También habrá pensado que su ministerio sería apreciado por sus compatriotas. Otra vez se equivocó. Y luego sintió pánico, pensando que Jezabel podría matarle.

Equivocado de nuevo.

Pero cuán fácil es criticarle desde nuestra sillas comodísimas leyendo la historia. Parece tan claro, ¿no? ¡Tuvo que haber sabido mejor! Tuvo que haber usado una simple lógica. ¿Cómo podría haber dudado de la protección y provisión de Dios después de los cuervos, el arroyo, la tinaja y la vasija, el altar, la bomba incendiaria, la pequeña nube, etc., etc., etc.

Su depresión no nos parece tener sentido.

Y eso es exactamente el punto.

Muchas veces la depresión no tiene sentido, excepto a nosotros. Dentro de nuestra pequeña burbuja de pensamiento podemos llegar a muchas expectaciones erróneas que parecen acertadas. Pero no lo son.

Podemos pensar que la vida será más placentera de lo que resulta ser. Pero luego nuestro trabajo, nuestra salud, nuestra pareja, nuestro ministerio, nuestros amigos, nuestra posición, una cosa tras otra, todo llega a ser menos de lo que nuestro historial privado había pronosticado.

Luego alguna sorpresa dolorosa se presenta en nuestro mundo, todo el castillo de sueños se desploma, y nuestra perspectiva cae en picado.

Por alguna razón, y contra toda enseñanza bíblica, dejamos que nuestras expectaciones se vuelvan no realistas, y Dios deja que una dosis de realidad nos impacte para que nos demos cuenta de lo que a menudo es así la vida en esta tierra maldita por el pecado.

El no creyente, que no conoce a Dios, ni entiende sus caminos, ni capta el porqué de las cosas, por lo menos tiene eso como excusa. Pero nosotros que conocemos al Señor no debemos caer en esa clase de trampa.

Con amor nos ha advertido en las Escrituras que podemos esperar que la vida esté llena de retos, a menudo muy sorprendentes y a veces desagradables.

Querido Padre, ayúdame a caminar de manera realista hoy. Que haga frente por fe a las batallas que envías, sin preocuparme de las del mañana, por las que todavía no has ofrecido tu gracia.

Amén.

- Andrés Bonikowsky

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